El Anillo de Josefina

Pintura y narrativa de María Teresa Hernández

La artista María Teresa Hernández nos presenta un cuento acompañado de una serie de pinturas realizadas al oleo o con encáustica.

El Anillo de Josefina

por María Teresa Hernández

María venía de una estirpe de mujeres hermosas e inteligentes y recibió esos dones al nacer: “serás bella e inteligente pero no lo podrás reconocer hasta que tu belleza este en extinción y tu inteligencia deje de tener importancia para dirigir tus pasos” y colgaron de su cuello una cadena con un anillo de oro en el que se leía “de José a Josefina”.

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Josefina fue la primera generación en ese linaje de mujeres enamoradas.

Nació en una familia noble, acaudalada y orgullosa que al ver su belleza anticipó un matrimonio ventajoso que engrosaría el prestigio y riqueza de su ralea.

Josefina en cambio se enamoró de José, el caballerango que trabajaba para sus padres. Se rebeló y no quiso escuchar cuando todo le gritaba que su amor era imposible. Desesperada acudió a una hechicera que se apiadó de ella y poniéndole un anillo en la mano le dijo “El hombre que amas estará siempre a tu lado pero a cambio perderás todos tus bienes materiales” y agregó enfáticamente “tú nunca obtendrás en ese amor lo que tanto anhelas. José estará junto a ti, pero siempre ausente. La misma suerte correrán todas las mujeres de tu descendencia por cinco generaciones, tiempo en el que este hechizo podrá ser roto por la ultima mujer de tu linaje”.

Josefina loca de amor tomó el anillo, segura de que sería capaz de cambiar el embrujo. Huyó con José en un barco que los transportó al otro lado del mundo, a un puerto sucio y caluroso, con su amor y el anillo como único equipaje.

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Clara lloraba lágrimas de cristal verde claro, que su hija Teresa recogía con sus dos manitas y atesoraba en una caja de lata junto a su único juguete, una muñeca de porcelana que había perdido una oreja entre tantos juegos y arrumacos. Clara lloraba por su destino retorcido, que la había cargado con once hijos, dos entenados y un marido seductor, brillante y siempre ausente.

Sumida en la pobreza y el desamor Josefina trató de romper el hechizo del anillo y casó a su única hija con un joven rico y atento que parecía adorar a su pequeña Clara. Poco tiempo después, el pueblo enardecido se levantó en armas despojándolos de sus tierras y de todas sus riquezas, condenando a la joven pareja y a su numerosa prole a vivir errantes asentándose de manera temporal en pueblos de casuchas austeras que parecían estar colgadas de las montañas cubiertas siempre de bruma. El marido de Clara trabajaba por un sueldo miserable durante el día, en la oficina de telégrafos y durante la noche volaba con su violín al mundo que le había robado la Revolución.

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Teresa nació en medio de la guerra y la pobreza escuchando las remembranzas de la fortuna, opulencia y grandeza de sus antepasados. Pero el único relato que se le grabó en la piel fue la historia de amor de su abuela Josefina.

Cuando la tropa llegaba a los pueblos, Teresa y sus hermanas se escondían en un tapanco entre cajas y bultos para que los soldados no las raptaran. Pero los padres no pudieron esconder a Teresa de sus impulsos y ella, como Josefina, huyó con un pobre empleado de ferrocarril cuando eran apenas unos adolescentes. Pero su deseo de encontrar un gran amor creció con ella y abandonando a su amor infantil, se fue a casar con un médico, hombre de familia adinerada y de alcurnia, que se vio seducido por la belleza incomparable que la distinguía. La Ciudad entera celebró la hermosura y gracia de Teresa que al ver su vanidad halagada participó gustosa en el juego. Él tratando de complacerla y mantenerla a su lado construyó una gran casa con altas rejas de hierro con sus iniciales entrelazadas.

Pero, tampoco ahí halló Teresa lo que buscaba y lo fue a encontrar una tarde de Verano en una calle de la tumultuosa capital, recostado dentro de un radiante automóvil, era un hombre guapo, inteligente y mucho menor, que se apasionó por ella tanto como por las causas nobles que lo llevaron a luchar por la justicia social. Huérfano de padre y madre desde que nació, nadie le había enseñado lo que era el amor, y esto fue el encanto que mantuvo a la bella Teresa junto a él por el resto de sus vidas, tratando de obtener el amor que él nunca le daría, sin saber que así se cumplía nuevamente el embrujo de la hechicera. Clara al ver a su hija unida a un jovencito, le había entregado el anillo diciéndole “Este anillo era de tu abuela y te dará buena suerte”.

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En Morgana hija menor de Teresa la inteligencia fue sobresaliente, y le creció como muralla que protegió su frágil consistencia, se rodeó de libros en los que leyó su propia existencia. Podía predecir el futuro, tenía el don de la clarividencia, y era capaz de ver los secretos en los demás, pero como una ironía su mirada se nublaba impidiéndole ver las cosas mas simples frente a ella. Su risa seductora le atrajo a cuanta persona conocía, pero ella no podía romper los muros para dejarse rozar por los que estaban afuera.

Heredera del hechizo de las mujeres de su familia se casó casi una niña con un hombre elegante, distinguido y ausente, que nunca la vio y al que ella en venganza tampoco vio nunca.

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La violencia tejió el manto que acunó a María. De Morgana, su madre y de su abuela Teresa aprendió a no llorar, pues “las mujeres nacen para sufrir en silencio”.

De su abuela asimiló también que debía buscar, el amor en un hombre inteligente y distante que no supiera amar.

María encontró en el camino hombres incapaces de amarla que la miraban desde un lugar remoto, recreó con ellos mil historias de desamor y se sintió satisfecha de llenar su papel en la vida jugando el rol de víctima que el destino le había asignado. Herida mil veces buscó como un minero la beta oculta del amor en todos esos hombres, perdió algunas extremidades en el intento, sin saber que estaba perdida pues el camino que la llevaría al tesoro apuntaba en otra dirección.

La madre la ayudó a construir una torre de cristal azul. Con un nuevo hechizo María se dividió en dos y encerró en la torre a la María frágil con todos sus recuerdos, tristezas y alegrías. Y ella caminó por el mundo como una sonámbula sin el alma que la guiara, olvidó por completo a la que quedó encerrada en la torre. En el proceso perdió también la voz.

El cristal translúcido de la torre se transformó y como fósil se hizo duro, gris y frío, no dejaba pasar ni un rayo de sol, ni el canto de los pájaros, ni la lluvia, ni el viento suave. Dentro de la torre la niña inventó una falsa vida feliz, sabiendo que era solo un sueño. Pero la torre que la protegía la aislaba del mundo y de si misma, la torre era también un arma que hería a quienes la rodeaban con la frialdad de su ausencia, sin que ella siquiera tuviera conciencia de esto.

La mujer en la torre tenia el sexto chacra abierto, podía ver lo que María vivía fuera de la fortaleza y podía ver también lo que se hallaba dentro del corazón de la gente. Pintó todas las paredes con esas escenas. Las pinturas reflejaban la tristeza y nostalgia de una vida no vivida.

Pero el destino sellado por el anillo que recibió al nacer tenia marcado otro designio para María, el de romper el hechizo. Dos Ángeles bajaron del cielo para ayudarla, la suerte de ellos dependía también del resultado de esta empresa.

El primer ángel le mostró la oscuridad, la cara del enemigo, que no era otro que su propia sombra. Cuando este demonio se vio descubierto se levanto en cólera tratando de destrozar todo a su paso. Por un tiempo inmemorable María había huido de sus garras todas las noches, hasta que el ángel le dio la única arma capaz de derrotarlo. Y bien armada arremetió una noche contra él con un fuerte abrazo soplando a su oído: “todo es perfecto, yo se que permanecerás junto a mi por el resto de nuestras vidas, descansa en mi jardín junto a las otras fieras mortales que viven en el, que yo los mantendré tranquilos con mi constante vigilancia y amor”.

El segundo ángel le mostró la luz, le enseñó que la gente no es mala, sino que son sus actos generados por el sufrimiento los que hieren, pues en el fondo todos son amor. Este ángel le revelo al fin que su búsqueda estaba mal orientada, pues la beta de oro que por generaciones persiguieron las mujeres de su familia, no estaba en sus amantes, sino dentro de si mismas.

Después de velar sus armas una larga noche, emprendió la aventura empuñando la única espada que le dieron los ángeles, la de amor, y con ellos volando a cada lado, corrió a rescatar a la mujer encerrada.

Tuvo que luchar con la gente que vivía alrededor de la torre y que creían que su bienestar dependía de conservarla en pie y que la vida de la mujer se salvaría solo dentro de sus muros. La pelea fue a muerte, pero salio vencedora, y cuando después de romper espinas y matorrales que la rodeaban entro en ella, la torre se desmoronó como si fuera de arena. Dejando solamente a las dos mujeres frente a frente, con los ángeles a su lado, a la orilla de un largo camino, bajo un cielo enrojecido.

Cuando María vio a la otra mujer a los ojos, se dio cuenta de que eran una y que los ángeles y ella también eran uno y que los cuerpos muertos después de la batalla y ella eran uno y que las cinco generaciones de mujeres y ella eran uno, y que el mundo que se abría ante sus ojos y ella eran uno y que solo hay uno.

Fin.

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